La comida mexicana no solamente vive en las recetas.
También vive en todo lo que sucede alrededor de ellas.
En México, sentarse a comer rara vez consiste únicamente en terminar un plato y levantarse de la mesa. La conversación continúa, aparece otra bebida, alguien pide algo dulce y el tiempo comienza a sentirse diferente.
Eso es la sobremesa.
Un momento sin demasiadas reglas que empieza cuando aparentemente la comida ya terminó.
Y quizá por eso resulta tan especial.
La sobremesa transforma una comida cotidiana en una experiencia compartida. Nos obliga, aunque sea durante unos minutos, a dejar de pensar en lo siguiente y permanecer en el momento.
También explica por qué muchas experiencias gastronómicas están profundamente relacionadas con la compañía.
Recordamos qué comimos, sí.
Pero muchas veces recordamos todavía mejor con quién estábamos, de qué hablamos o cuánto tiempo permanecimos sentados después del último plato.
En Santa Chía nos gusta pensar que una buena mesa debe permitir precisamente eso.
Comer.
Compartir.
Y no tener demasiada prisa por levantarse.
Porque en México, algunas de las mejores conversaciones comienzan cuando los platos empiezan a quedar vacíos.
